En un país que colecciona ídolos como estampitas rotas, Hugo Rodallega resistió el paso del tiempo. Nació en El Carmelo, Valle, donde la cancha no era de pasto sino de polvo, y la vida dolía más que el fuera de lugar. Desde pelado aprendió a jugar con hambre, con coraje, con la rabia limpia de quien no le regalan nada.
Con esas mismas piernas firmes saltó el charco hasta Inglaterra, un país donde el balón rueda distinto y los hinchas cargan paraguas más que banderas. En Wigan y Fulham, Rodallega se batió con defensas enormes, sin perder la fe ni el tumbao. Allí, un delantero colombiano hablaba en goles, mientras se acostumbraba al cielo gris y a la soledad que a veces cala peor que la lluvia.
Pero el destino, ese guache que a veces juega de diez, lo trajo de vuelta. Y volvió a Bogotá, al Independiente Santa Fe, un equipo al que la gente —con ese desdén tan de aquí— llamaba la cenicienta del grupo de cuadrangulares. Que no tenían plantel, que no les alcanzaba el tanque, decían. Pero nadie contó con la terquedad de Rodallega, ni con su manía de reescribir finales imposibles.
En la final contra el Medellín, en el Atanasio, Santa Fe arrancó perdiendo. El estadio entero retumbaba de gritos paisas, y la fe bogotana temblaba. Rodallega cojeaba, el dolor le taladraba la pierna, pero el tipo no aflojaba. Como un león herido, olfateó el momento y cazó el empate con el alma. Después, casi en un milagro, empujó el segundo gol que desató el festejo cardenal y dejó el Atanasio en un silencio que se podía cortar con cuchillo.
Ese día, Hugo no solo alzó la decima estrella: se convirtió en el máximo artillero del campeonato con 16 goles. Demostró que el fútbol no es solo piernas, sino corazón y palabra. Porque Rodallega habló sin miedo a la hinchada, la miró de frente, la hizo suya, y en cada gol fue encendiendo la llama de la esperanza.
Al final, la copa brilló en sus manos y en sus ojos se vio la memoria de toda una vida. Un muchacho de barrio que aprendió a ganarse el respeto a punta de esfuerzo, que se fue al otro lado del mundo a pararse derecho, y que volvió para dejar su nombre grabado donde solo entran los grandes.
Hugo Rodallega. El último romanticón del gol, que no traicionó nunca la ilusión ni la camiseta.
ARTICULO ESCRITO POR SERGIO GAMBOA



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